lunes, 11 de enero de 2010

Tercer Monólogo

Después de darme unos días para analizar los diez mandamientos (leyes) que encontramos en los dos libros de la biblia y los diez mandamientos elaborados por la máxima jerarquía católica presidida por el papa de turno, me he dado cuenta que solo dos tienen carácter de ley explícita, no robar y no matar, el resto de ellos son morales, éticos e inherentes a la naturaleza humana desde que el la raza humana existe, vía creación o por el documentado origen de la vida a través de la evolución de las especies.

De estos mandamientos que no son leyes he seleccionado el cuarto de ellos “Honrar a Padre y Madre”. Este mandamiento se extiende no sólo al padre y a la madre sino a todas las autoridades constituidas (ejemplo: maestros, sacerdotes, líderes religiosos, gobierno, toda expresión aglutinadora de seres humanos), a quienes debemos honrar, estimar, obedecer en lo que esté de acuerdo con la Ley de Dios y las leyes de los hombres .

Honrar: “Dar crédito o merecimiento a” (esta definición esta ajustada a la realidad de este tiempo). Lo que más encaja en esta selección es respondiéndonos a la sencilla pregunta que muy pocos hijos nos hacemos en el contexto estricto de la respuesta a la cuestión que enmarca este tema:

¿Cómo debemos honrar a nuestros padres? Amándolos, Respetándolos, Renegando de ellos, vilipendiándolos, Ignorándolos, no se, son tantas y tantas las formas ignominiosas de apelativos y epítetos para los padres no respetables.

Debemos honrar a nuestros padres teniéndoles amor, respeto, gratitud, justa obediencia y ayudándoles, porque después de Dios a ellos debemos la vida, al extremo que si este hecho testarudo a más no poder, no estaría escribiendo esta amalgama de ideas relacionadas con la corta memoria que tenemos los humanos, cuando estamos en el etapa de hijos, referente al espermatozoide que les dio lo más preciado que tienen, la vida.

Lo paradójico de este asunto es que no importa la calidad humana que tenga el hombre que da la vida sino el testarudo hecho que sin este hombre, bueno, malo, mentiroso, violador, ladrón, y miles de calificativos más que abonen en pro o en contra de la cara de este hombre ante la sociedad, esto no importa, sino el irreparable hecho que sin ni siquiera odiarlo podríamos pues no existiéramos sin esos seres olvidados, vilipendiados hasta por sus hijos y resto de familiares.

Voy a contarles una historia a pedazos, espero terminarla antes de morir, todos debemos hacerlo, por lo tanto que mencione este hecho natural no debe alterarlos, pues el tema no se trata de abordar este evento por ser de estricto cumplimiento.

Eran cuatros hermanos, tres varones y una hembra, los que tuvieron la desdicha de perder a su madre, que también hacía de padre, a manos del cáncer en el año 1951, imagino esa larga y dolorosa agonía que duró siete meses al final de los cuales ni la morfina paliaba los desgarradores avances del cáncer terminal que la aquejaba y que finalmente la llevó al descanso que se “vive” en los vastos dominios del mundo espiritual, bueno esto último es condimento porque depende de las creencias de cada individuo. Los dos varones mayores y la hembra eran hermanos de padre y madre, el benjamín de los hermanos tenía otro padre. Demuestra que la madre de estos cuatro hermanos además de trabajar duro y parejo le tenía un gran cariño al sexo. Esta mujer que estoy describiendo es la abuela que no conocí.

Mi abuelo también se merece su protagonismo en la corta vida matrimonial que sostuvo con mi abuela, pues entre preñarla, someterla a violencia intrafamiliar provocado por su alcoholismo nos heredó unos genes muy “cargados” de su forma de ser, reñida con lo que las buenas costumbres de cualquier época se tienen, pero no, mi abuelo era un hombre vulgar y vividor. Permitió que una hermana de mi abuela se hiciera cargo de sus hijos, a mi abuelo no le dio ni frío ni calor este hecho, además estaba cargado de una inmensa dosis de cinismo pues cuando hablaba de sus hijos, los que lo oían y no lo conocían decían “Que padre más abnegado, a formado a sus hijos a pesar de ser viudo”, tamaña cáscara la de mi abuelo, pero bueno sin él no estaría escribiendo y cargando parte de sus desviados genes.

Sobre mi abuelo mis recuerdos sobre su figura física no arrojan una imagen mental de un anciano con estampa bondadosa sino de un señor con un rostro extremadamente duro, no recuerdo haberlo visto sonreir, puedo afirmar que realmente nunca. Creo que a mi madre la quería a su manera pero conmigo no recuerdo que haya tenido un gesto de cariño o algo parecido.

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